Teatro del Mes: Las diferentes vidas del Gran Teatre del Liceu

El icónico teatro de Barcelona es la principal casa de ópera de la ciudad. No solo es reconocido por la grandiosidad de su arquitectura o el prestigio de las producciones y cantantes que han pasado sobre el escenario. A lo largo de la historia y desde su inauguración en 1847, el Liceu ha sobrevivido a incendios y profundos procesos de transformación social. La resiliencia se ha convertido en una de las principales características de este coliseo, volviéndose a levantar para continuar siendo una institución de renombre en la cultura, el espectáculo y la escena lírica internacional.

 

por Álvaro Molina

 

El noble y militar español Jaime de Guzmán-Dávalos y Spínola, en una carta escrita en 1765 al entonces gobernador de Lérida, con un afán culto y de mecenazgo, describió la afición de las gentes de Cataluña por las festividades y espectáculos artísticos. Se refería con laureles a esta sociedad, rescatando su importancia estratégica para el reino hispano y la laboriosidad de su población. Más allá de los réditos políticos, Guzmán-Dávalos y Spínola, marqués de la Mina, resaltaba la fascinación catalana por las devociones, las fiestas y los espectáculos. “[Los catalanes] aman, con su tiempo, las diversiones y así como en el Carnaval son festivos, son devotos en la Cuaresma, y no se pueblan menos los paseos, los bailes, los teatros que las iglesias y las procesiones”, escribía el marqués.

 

El marqués de la Mina, había guerreado en Italia. En sus excursiones militares se embelesó con la ópera. Este arte ya había comenzado a sonar en Barcelona de la mano del Archiduque Carlos de Austria, quien en 1705 celebró una primera función en su corte, escogiendo Il più bel nome, de Antonio Caldara, para inaugurar la afición lírica en la región. Con el regreso del marqués de la Mina, la ópera se instaló regularmente en el Teatro de la Santa Cruz. Así, comenzó a forjarse una tradición que unas décadas más tarde quedaría incorporada en la cultura, historia y sociedad catalana.

 

Las devociones expresadas en la Cuaresma y el Carnaval, festividades sociales y la afición por la ópera conforman, entre otros, los pilares de la historia del Gran Teatre del Liceu de Barcelona. Un entramado épico en el que convergen transformaciones políticas y sociales, las narrativas del arte europeo y la expansión de la lírica como espectáculo que, poco a poco, ha echado raíces en todos los estratos sociales. Hablar de los anales y las crónicas del Liceu es indisociable del repaso a las diferentes vidas que, a lo largo de los años, desde su inauguración en 1847, quedaron marcadas entre sus murallas, salones y su escenario.

 

La semilla de los aficionados

 

El origen del Liceu se remonta a un periodo convulso en la historia política española. El conflicto civil de la Primera Guerra Carlista (1833-1840) y la promulgación de una nueva Constitución por la regencia de María Cristina de Borbón reconfiguraron el mapa político español. La guerra también resaltó el perfil de  la Milicia Nacional, un cuerpo de ciudadanos armados ligados, en ese momento, al liberalismo y al Partido Progresista, y cuya misión era proteger el orden público y defender el recientemente instaurado régimen constitucional de corte liberal.

 

La Milicia Nacional, sin embargo, no era solo un grupo de matones al servicio de la gobernanza. En 1837, un batallón del cuerpo, por iniciativa del militar y abogado Manuel Gibert, sembró en el desafectado convento de Montsió la semilla institucional del Liceu. Una nueva sociedad de aficionados a las artes escénicas y líricas había nacido. Se retomó la influencia culturizante que, años atrás, el marqués de la Mina y el Archiduque Carlos de Austria iniciaron. 

 

Foto: Annals del Gran Teatre del Liceu

 

En esta etapa primitiva, nace el Liceo (Liceu) Filarmónico Dramático Barcelonés, un proyecto creado por los socios originales que deseaban ir más allá del goce esteta e incluir una línea educativa en las artes para la sociedad barcelonesa de la época. Así, se formó una comunidad de accionistas, contribuyentes, sostenedores, alumnos y abonados a las temporadas que comenzaron a idear un futuro para el Teatro. 

 

Este grupo mantuvo su distancia con la monarquía. Al contrario que otros estados de Europa, cuyas regencias impulsaron la construcción de grandes y opulentos teatros, el Liceu  fue financiado exclusivamente por privados como sociedades de construcción y familias acomodadas que, a cambio de la subvención, recibían a perpetuidad descuentos y abonos en butacas y palcos.

 

Solo faltaba un nuevo emplazamiento para acoger las crecientes cátedras docentes y los nuevos espectáculos teatrales. En 1844, Joaquín de Gispert y de Anglí, socio del Liceu, escogió el antiguo convento de los Trinitarios, en la Rambla, para iniciar formalmente la primera vida del Teatro.

 

Una primera vida entre el bel canto y la grand opera

 

El nuevo Teatro comenzó a construirse en abril de 1845, en un proyecto iniciado por el arquitecto y urbanista Miquel Garriga i Roca, un hijo ilustre de la provincia de Barcelona, autor de planos topográficos de la ciudad y la fachada del Ayuntamiento de Mataró. Garriga dirigió las obras hasta el año siguiente, en el que fue sustituido por Josep Oriol Mestres, reconocido arquitecto que integró nuevas directrices técnicas al alero de las enseñanzas de Josep Casademunt en la Escuela de Nobles Artes de Barcelona. El estilo neoclásico tardío y la corriente del funcionalismo de la escuela racionalista extendida por la Europa de primera mitad del siglo XIX fueron las rutas que Oriol Mestres siguió en su carrera como arquitecto y que, más tarde, definirían la identidad de la infraestructura del Liceu.

 

El domingo 4 de abril de 1847, Barcelona celebraba la Pascua de Resurrección. El jolgorio y espíritu devoto de la ciudadanía inundó la inauguración del Gran Teatre del Liceu. La expectación de la sociedad barcelonesa encontró un asidero en los espectáculos programados para la fecha. La función comenzaría con una sinfonía de Juan Melchor Gomis, seguiría con el drama Don Fernando el de Antequera de Ventura de la Vega, para luego dar paso a la danza tipo andaluza La Rondeña (obra de Josep Jurchen y coreografía de Joan Camprubí). Finalmente, tendría lugar Il regio Imene, una cantata en italiano de Joan Cortada musicalizada por Marià Obiols. Unas semanas más tarde sería el turno de la ópera, la primera que se presentaría en el Teatro. La escogida fue Ana Bolena, de Gaetano Donizetti. 

 

Foto: Annals del Gran Teatre del Liceu

 

Durante este periodo, la demanda por ópera italiana y bel canto abarrotaba los escenarios de teatros alrededor del mundo. Bellini, Donizetti y Rossini entraron en la programación del Liceu como estándares, para luego recibir las obras de Verdi y conformar un repertorio que, más tarde, vería la llegada de la grand opera francesa. Las composiciones de Halévy, Meyerbeer y Thomas tuvieron una -literal- cabida en el escenario del Liceu, que contaba con la tecnología más moderna de aquel momento para acoger la  grandiosidad de escenografías espectaculares, coros inmensos y números de ballet, todo en un mismo espectáculo. 

 

Pero no solo era la ópera la que brillaba en el Teatro. Funciones de zarzuelas, conciertos, magia y funambulismo, ballet y circo aunaban a los diferentes estratos de la sociedad de Barcelona. La sala se llenaba a diario y el edificio se convertía en un ícono para la ciudadanía.

 

El 9 de abril de 1861 hubo un abrupto final en el primer capítulo de esta historia. En la sastrería del Teatro comenzó un incendio. Las llamas se propagaron rápidamente y destruyeron la mayor parte del edificio. La sala y el escenario quedaron en ruinas. Los propietarios y accionistas de la sociedad acordaron una reconstrucción en la que los gastos serían repartidos entre todas las personas con intereses para entregarle una nueva vida al Teatro. Josep Oriol Mestres fue llamado nuevamente para dirigir la obra de reconstrucción y, en una admirable tarea, ese mismo año, un remodelado Liceu volvió a abrir sus puertas, entregando una segunda vida.

 

Convulsión y gloria

 

Un día de abril de 1862 el Liceu comenzó un nuevo capítulo en su historia. Las puertas se abrieron con la obra sinfónica Las dos lápidas, de Joan Sariols y Puerta, composición ganadora de un concurso convocado especialmente para la reinauguración. Más tarde, la ópera italiana volvería con I puritani, de Bellini, que despertó alegrías en el público y la organización.

 

El Teatro ya estaba posicionado como la casa lírica con mayor aforo de Europa. La capacidad para 3.500 espectadores hacía posible que recibiera a públicos de todas partes. La diversidad estaba presente, pero estratificada; los palcos y la platea acomodaban a las familias aristocráticas y burguesas, mientras que en los pisos de más arriba se reunían los aficionados a la lírica. En el nivel superior se convocaba la clase trabajadora. La articulación del Liceu como centro de reunión social no se limitaba solo a las óperas y espectáculos, sino que las gentes de la oligarquía y clase dirigente también se congregaban en bailes de máscaras, desfiles de riquezas y opulencia e instancias para intercambiar ideas, cerrar negocios y consagrar matrimonios.

 

Los conflictos entre fuerzas sociales, sin embargo, no tardarían en estallar. El mismo Teatro relata un triste suceso en este capítulo y que tuvo lugar en 1893:

 

El hecho de que el Liceu se convirtiera en símbolo de la oligarquía lo convirtió en punto de mira del proletariado revolucionario, que, a finales de siglo XIX, estuvo fuertemente influenciado por las corrientes anarquistas italianas que utilizaban la acción directa o la “propaganda por el hecho” como medio de lucha contra las clases dominantes. El 7 de noviembre de 1893, en la función inaugural de la temporada, durante el segundo acto de Guillermo Tell, el anarquista Santiago Salvador lanza dos bombas Orsini en el patio de butacas, de las que sólo explota una, y deja veinte víctimas y un gran número de heridos. Después de ese día, el Liceu cerró las puertas y no volvió a la actividad artística hasta el 18 de enero de 1894, con una serie de conciertos dirigidos por el maestro Antoni Nicolau. El atentado dejó un clima de miedo entre la burguesía, por lo que los palcos y las butacas tardarían en volverse a llenar con normalidad.

 

Antes de ese hecho, no obstante, la ópera continuaba su hegemonía programática con las producciones más vanguardistas y ostentosas de aquel momento. El wagnerismo influía en las artes y la política de ese tiempo con el lenguaje épico y de fantasía de Tannhäuser (en 1887 llegó al escenario del Liceu), las historias de dioses y hechiceros en el Anillo (La valquiria se estrenó en 1899), y los relatos de romanticismo germánico con Tristán e Isolda (obra que inauguró la temporada de 1899-1900). Este fervor, en que la música y estilo de Wagner embriagaba el espíritu del fin de siècle, se extiende hasta hoy, con representaciones de los dramas wagnerianos en casi todas las temporadas del Liceu.

 

Foto: Annals del Gran Teatre del Liceu

 

Durante este período, como una especie de guiño a la evocación catalana de las festividades, el Teatro comenzó a estructurar su programación en base a géneros; el invierno estaba dedicado exclusivamente a la ópera, mientras que en la época de Cuaresma los conciertos, el ballet y la opereta entraban a definir la temporada. Por último, la primavera representaba las óperas y operetas favoritas del público.

 

Esta estructura, asimismo, también abrió el camino para que obras y cantantes de Cataluña encontraran su espacio en el Liceu. En 1885, el Teatro estrenó la ópera El desengaño, de Artur Baratta. A este debut de la ópera local se sumaron La messaggiera, de Sánchez Gavagnach; Los amantes de Teruel y Garín, de Tomás Breton, Quasimodo y Los Pirineos de Felip Pedrell; y, antes que el siglo XIX llegara a su fin, Isaac Albéniz dirigió Henry Clifford. En paralelo a estas composiciones, debutaron en el escenario  algunos cantantes catalanes que pronto serían reconocidos internacionalmente. Por nombrar algunos: Francisco Viñas; María Barrientos; José Palet; Carmen Bonaplata; Elvira de Hidalgo, Graziella Pareto;  Josefina Huguet, y Conxita Supervia.

 

Foto: Paco Amate, cortesía del Teatro.

 

Con la llegada del siglo XX, se extendió la popularidad de la ópera rusa, los ballets de Sergei Diaghilev y los Rusos de Montecarlo, además de la icónica bailarina Anna Pavlova. En paralelo, las óperas de Rimsky-Korsakov y Tchaikovsky, además de conciertos de Stravinsky, también comenzaron a ganar adeptos en el escenario barcelonés. El ballet seguiría siendo un favorito con las compañías de Viena y París durante la década de 1920, al mismo tiempo que los conciertos de Cuaresma.

 

La bisagra sociopolítica que significó el ascenso de la Generalitat Republicana en 1931 se tradujo en el incentivo de programar obras de autores catalanes, como el estreno de Nerón y Acté de Joan Manén. Hacia 1938, la única ópera catalana estrenada que sobrevive hasta hoy en el catálogo del Liceu es El giravolt de Mayo, compuesta por Eduard Toldrà con libreto de Josep Carner. Con el estallido de la Guerra Civil Española, la Generalitat de Cataluña nacionalizó el Teatro y le otorgó el nuevo nombre de Teatro Nacional de Cataluña. El freno lo puso el régimen franquista, que devolvió la titularidad del Teatro a la sociedad de propietarios y la responsabilidad de la dirección artística recayó en Joan Mestres Calvet 1939.

 

Foto: Annals del Gran Teatre del Liceu

 

A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, el Liceu prioriza una programación para satisfacer los oídos más exigentes, concentrándose en obras reconocidas de Puccini, Verdi, Rossini, Bizet, Wagner y Mozart, entre otros. Pero el principal enfoque estuvo puesto en cantantes -principalmente voces femeninas- de fama internacional. Es así como subieron al escenario artistas como Victoria de los Ángeles, Renata Tebaldi, Kirsten Flagstad, Maria Callas y Birgit Nilsson. Pero sería con la figura de Montserrat Caballé que el Liceu encontraría a su musa. La soprano debutó en el Teatro el 7 de abril de 1962 con la ópera Arabella, de Richard Strauss. Ese fue el inicio de una relación que perduró por más de tres décadas.

 

En esta etapa entra un nuevo actor administrativo a la historia del Liceu. La formación del Consorcio funcionó como un puente entre los privados y el rol de entidades públicas de Cataluña. Este esquema significó que diversos referentes de la dirección de escena lírica -como Otto Schenk, Harry Kupfer o Götz Friedrich– experimentaran con sus producciones en el escenario del Teatro.

 

Foto: Annals del Gran Teatre del Liceu

 

Más que un teatro

 

La tercera y actual etapa del Liceu comienza con un hecho dramático. Entre las 10:30 y las 10:45 de la mañana del 31 de enero del año 1994 se inició un fuego en el momento en que dos funcionarios se encontraban reparando el telón de acero del Teatro. Irónicamente, ese mismo telón tenía como finalidad evitar la expansión de las llamas ante un eventual incendio. Los pliegues de las cortinas fijas comenzaron a arder y el fuego se tornó incontrolable.

 

El impacto emocional entre la ciudadanía ante esta nueva tragedia fue profundo y sentido. Ese mismo año, el Consorcio acordó de forma unánime que el Liceu fuera reconstruido y reparado en ese mismo emplazamiento. Con la ayuda de donaciones particulares y el apoyo de diferentes instituciones, en 1999 el Teatro volvió a abrir sus puertas y se iniciaba una nueva vida desde las cenizas de la mano de Turandot, con dirección de escena de Nuria Espert.

 

Foto: Annals del Gran Teatre del Liceu

 

En las últimas décadas, el Liceu ha fortalecido su rol público y proyecto orientado a la sociedad en su conjunto. Así lo consigna la misma institución:

 

El nuevo Teatro abre sus puertas como teatro público y, como tal, tiene la misión de crear un arte estéticamente ambicioso que llegue al mayor número de ciudadanos posible, y velar para multiplicar las oportunidades artísticas de los músicos y creadores del país.

 

Entre las obras y estrellas que se han elevado en este actual período destacan Macbeth con conducción de Riccardo Muti y la también verdiana Aida, que recuperó la escenografía original diseñada por Josep Mestres Cabanes. Otros éxitos llegaron con la producción de Patrice Chéreau para Elektra, la ópera Andrea Chénier que unió en el escenario a Jonas Kaufmann y Sondra Radvanovsky y el estreno mundial de El enigma de Lea, en 2019. Esta programación fue posible gracias al trabajo de directores artísticos como Joan Matabosch hasta 2014, quien luego sería reemplazado por Christina Scheppelman, impulsora de temporadas equilibradas y una fuerte vocación por acercar la ópera a los más jóvenes. Hoy, esa misma responsabilidad recae en Víctor García de Gomar, actual director artístico del Liceu, y Josep Pons, director titular de música.

 

Víctor García de Gomar, actual director artístico del Liceu. Foto: Antoni Bofill, cortesía del teatro.

 

En la actualidad, el Gran Teatre del Liceu se destaca por ser el teatro de ópera más grande del mundo. Su aforo es de 2.292 butacas y contiene cinco anfiteatros, que, paralelamente a otros espacios como la Sala Gran, el foyer y el Saló des Miralls (“Salón de los Espejos”), lo convierten en un hermoso bastión de la cultura, la música y el pulso por la excelencia programática y en infraestructura. 

 

Foto: Annals del Gran Teatre del Liceu

 

Con una vida que ya se extiende por 175 años, el Liceu ha sabido de tragedias, procesos de transformación social y política y un renombre institucional y cultural indisociable de su ajetreada historia. Ahora, la Sala Principal es una fiel réplica de la Sala original, una evocación sublime a la larga tradición que este Teatro acarrea con orgullo. Y no solo es una tradición marcada por el entramado de devoción y espíritu festivo celebrado por toda una sociedad. Es una resiliencia que se mantiene de pie y firme en el barrio de La Rambla. Más que un Teatro, el Liceu es una historia contada a través de diferentes vidas.

 

Para más información acerca de la historia del Liceu, puedes ingresar a los Annals, donde se recopilan documentos y material correspondientes a sus diferentes temporadas. Entra aquí.